Adiós a la calle que me vio crecer..

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Redacción / Explora CDMX10
12 de abril 2026
  • Imagen generada con IA

Tenía 10 años cuando llegué a vivir al Centro Histórico, el corazón de la Ciudad de México. Hoy cierro un ciclo de mi vida, me voy de este hermoso lugar, con sus calles, su historia y su gente. 

Aún recuerdo que mi madre se quedó viuda y llena de hijos, uno de ellos, yo. Con lágrimas en los ojos y despidiéndome de mi casa paternal, llegué al departamento de mis abuelos maternos, siempre amorosos y trabajadores. 

Dejé atrás mi pequeño jardín, mi cama, mi patio donde jugaba con mis hermanos y mis perros. Llegué a un departamento de una de las calles más emblemáticas del Centro, en el segundo piso, en un edificio que evocaba las películas de Pedro Infante, con todo y su portera. 

Un largo patio, con pisos geométricamente decorados en blanco y negro  y lleno de vida, donde veía a niños corriendo tras la pelota, en sus bicis. 

Las circunstancias nos obligaron a mi familia y a mí vivir con mis abuelitos paternos, en el corazón de mi ciudad, en una construcción de los años 50´s.

Traspasar la puerta de madera de la entrada, del número 7, significó para mí siempre una bendición. Era mi resguardo, mi lugar sagrado, mi casa y mi familia. 

A la entrada, nos recibía un comedor y al fondo, cruzando un pequeño arco, la salita. Sus paredes pintadas de amarillo bajito me hacían sentir mucha tranquilidad, y en medio de la salita, me miraba un búho disecado que me daba miedo. Con el paso de los años, al fin pudimos quitarlo de ese lugar, para mi alivio. 

En medio de la sala estaba el escritorio de mi abuelo y sobresalía su sumadora, en medio de sus papeles y libros. Recuerdo que ahí fue la primera vez que me pagaron por hacer un trabajo. Acordé con mi abuelo “cuadrar” unas cuentas y a cambio me pagaba 5 pesotes. Todavía no existían las computadoras. 

¡Cuántas tardes pasé mirando la tarde desde la ventana de la sala! El paso de la gente que iba y venía, las compras de las señoras que llevaban sendas bolsas, el tráfico de la calle de Jesús María. Y el ruido, mucho ruido de una parte de la ciudad con mucha vida.

Si, ahí crecí, reí, lloré pidiendo un futuro mejor para mí y mi familia, también hice travesuras aventando cosas de la ventana, gritando ¡auxilio!, con el afán que la gente volteara, y ¿porqué no?, mojando a quienes pasaban mientras nos escondíamos mis hermanos y yo.

Desde esa ventana vi muchas veces a mi madre cruzando la calle apresurada hacia la casa y también vi, por última vez, a mi padre antes de morir. 

Ahí, en el 7 de Jesús María, cumplí mis 15 años llorando en el clóset porque nunca llegó mi fiesta; por primera vez menstrué, cociné mi primer pan y empecé a guisar; conocí el amor, logré mis metas y salí vestida de novia con un hermoso vestido blanco, que por cierto, horas antes tuve que lavar las escaleras para no ensuciarlo. Era como el sueño de la Cenicienta, sin madrastra y sin hermanastras. 

Hace unos días, este departamento se vendió. Le dije adiós, me despedí de él y le agradecí los buenos momentos, el habernos resguardado, a mí y a mi familia. Se acabó el ciclo y me llevo los buenos recuerdos, las vivencias y el paso del tiempo. Me llevo en el corazón esta parte de la ciudad, del Centro Histórico.

El sismo de 1985

Desde esa ventana, miré a la gente caminando como zombie. Todavía recuerdo a los doctores y enfermeras con sus uniformes manchados de sangre, cubiertos de  polvo y con sus rostros con expresiones de horror.

Eran pasadas las 7 de la mañana, de un 19 de septiembre de 1985, había pasado un fuerte sismo de 8.1. 

La torre de médica del Hospital Juárez de México de 12 pisos se desplomó. Una nube de polvo se levantó y los gritos de horror de enfermeras, médicos y pacientes atrapados se escucharon a lo lejos. Hoy se sabe que quizás murieron mil personas en esa tragedia.

Todavía recuerdo que cuando abría la puerta de mi casa esa torre se veía, después del sismo de 1985, desapareció. 

Después del sismo, mi madre nos pidió a mis hermanos y a mí recoger ropa para irnos a casa de mis abuelitos. 

Mientras caminábamos por las calles, veía a los médicos y personas caminando como zombies, con sus ropas manchadas de sangre, y a lo lejos, sobre Fray Servando Teresa Mier los edificios donde había talleres de costureras derrumbados. Llegaron los topos con sus perros, ambulancias con sus sirenas a todo volumen, rostros de terror, olía a miedo.

Ya lejos del lugar, en el oriente de mi ciudad, anochecía. Mi madre nos pidió ponernos las pijamas para ir a dormir, pero mis hermanos y yo contestamos con una negación. 

“¿Cómo que no?”, preguntaba mi mamá entre molesta y sorprendida. Grande fue su sorpresa que al abrir la bolsa de Liverpool, de esas rosas grandes de papel, había juguetes, sí nuestros muñecos preferidos, los de tela y de peluche, nuestros hijos. “¡Qué pensaba mamá que íbamos a dejar a nuestros muñecos!”.

Se va La Merced a la Central de Abastos

Mi casa estaba a unas cuantas cuadras de La Merced. Si, en el mero barrio. 

Sobre la calle de Jesús María había negocios de frutas, de chiles secos, de venta de bacalao, de quesos y jamones. Conviví con niños del barrio, de la comunidad judía y con hijos de españoles, en medio de papelerías, tiendas y puestos de antojitos, frutas y verduras.

Un día se decidió que los comerciantes de La Merced se mudarían a la Nueva Central de Abastos. Era noviembre de 1982 cuando le dije adiós a varias amigas y amigos de mi infancia, cuyos padres eran bodegueros o tenían puestos de fruta en “La Meche”.

Fui testigo de ese cambio urbano que sufrió la zona. Se logró “descongestionar” a La Merced, pero se olvidaron del barrio.

Poco a poco la zona se fue deteriorando, ante la vista de las familias cuyos padres y abuelos habitaron espacios muy dignos y llenos de tradición. Mucha gente se fue y quedaron departamentos vacíos, tiendas cerradas.

La prostitución se expandió sobre San Pablo y calles aledañas, la basura, el ambulantaje, el tráfico aumentó de manera exponencial, y nadie hacia nada, ni siquiera Carlos Slim que en el año 2000 emprendió un programa de rescate urbano en zona “A” del Centro Histórico, pero jamás en la zona “B” donde estaba mi barrio. 

Nadie, ninguna autoridad, quizás hubo intentos por repoblar la zona, pero se logró tan poco que aún permanecen las viejas vecindades, sus bodegas y sus tiendas que luchan día a día por no cerrar sus puertas. 

La Merced es y seguirá siendo un barrio histórico, con sus viejas construcciones, con sus 52 manzanas, muy cerca del Centro Histórico, a unos 20 minutos de Palacio Nacional, de la Catedral Metropolitana y de las tiendas más emblemáticas.

El Zócalo, un lugar emblemático

A la edad de 10 años llegué a vivir en la calle de Jesús María, a unos pasos del emblemático Hospital Juárez de México, hoy en día un gran hospital pero que carece de doctores especialistas y pacientes. Es un sitio que merece darle una segunda oportunidad, pues actualmente parece un gran “elefante blanco”.

Esta zona del perímetro “B” del Centro Histórico, además de contar con una gran vida de barrio, requiere de inversiones, de rescate a sus edificaciones históricas, a sus iglesias y conventos.

Aquí, a unas cuantas cuadras del Zócalo capitalino, hay tantas historias que contar, tantas personas valiosas que han podido sobrellevar sus carencias para lograr sus metas, tantos personajes y tanta gente inteligente.

No solo viví en el Centro, también he trabajado. Seré siempre hija del Centro Histórico, con sus leyendas, sus costumbres, sus olores, sus gentes…

Mi desarrollo profesional se ha enmarcado, a lo largo de los últimos 30 años, alrededor del Zócalo capitalino. Si, he trabajado en oficinas administrativas, he contado muchas historias y entrevistado a muchas personas interesantes.

He sido testigo de la convocatoria de Cuauhtémoc Cárdenas en el Zócalo, de las concentraciones de Andrés Manuel López Obrador, de los eventos de distintos Jefes de Gobierno y de los últimos presidentes de la República. El Centro Histórico es el punto neurálgico del país. ¡He caminado mil veces sus calles!

Por eso, siempre guardaré mi cariño y respeto a esta zona de la Ciudad de México, no importa su ruido, su tráfico vehicular, sus manifestaciones y problemas, porque es una zona tradicional, con valor cultural, histórico y con hay tantas personas tan valiosas, tantas historias de familias como la mía, que alguna vez llegaron a habitar en los 50´s este lugar, y cuyos hijos y nietos hoy son grandes mujeres y hombres.




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